jueves, 27 de septiembre de 2007

¿Así que tú eres Luisa M. Alcott?

(Bueno, este en un perfil de una de las escritoras de cuentos y libros que más me marcó durante mi infancia y que escribí hace algún tiempo para un curso en la universidad. Ella es Luisa M. Alcott. Se los dejo, ¡saludos! :)


- Te imaginaba distinta…
- …..
- De partida te imaginaba más parecida a tus personajes. Pero claro. Las descripciones habladas nunca calzan a la perfección con la realidad.

Al fin estamos frente a frente. Yo sentada al computador y en pijamas. Tú, escondida en una fotografía sepia, me miras a través de la pantalla. Te percibía distinta. No podría especificarte cómo, pero debo admitir que me sorprende tu peinado, tus ojos un tanto cansados y tus mejillas rellenas.

Me acompañaste durante toda mi infancia. Las páginas que creaste, las leí una y otra vez en distintas traducciones. ¿Te acuerdas cuando empezamos –a leer- “Bajo las Lilas”? Yo ni sabía que ese libro lo habías escrito tú. Me impresionaba la capacidad descriptiva que rayando en lo dramático –pero sin caer en la melosía- desarrollabas en cada capítulo. Me parecía estar ahí, mirando la escena del portón, invisible tras una planta, casi estirando el brazo para coger alguna de las muñecas.

“A cada lado del porch había un asiento. Sobre el izquierdo se veían siete muñecas y seis en el derecho, todas ellas en estado lastimoso, pues a la que no le faltaba un brazo, tenía la cara o el vestido lleno de manchas”.

Siempre tus muñecas –aquellas que nombras en tus escritos- estaban en estado lastimoso. ¿Por qué? Las muñecas de Beth –en “Mujercitas”- tampoco tuvieron mejor suerte. ¡Pobres muñecas! O más bien pobrecillas las niñas que jugaban con ellas. A veces me dieron ganas de regalarles alguna completa y no manchada. Pero tal vez fue mejor así, lejos de la influencia de “Barbie” y la generación traumada con el peso.

Tu biografía dice que viviste una vida “de carencias económicas”. Probablemente eso te inspiró vivacidad en “Mujercitas”. ¡Qué gran obra! Es uno de esos libros que da gusto leer y volver a leer y releer, para… volver a leer. Tus escritos están llenos de enseñanzas y valores humanos. Quizás el encanto del mismo sea el profundo contraste con la sociedad actual. Las mujercitas ya no buscan un profundo conocimiento de las labores domésticas ni un buen partido para casarse. Los motivos de vida y de risas son muy distintos a los de antaño. Cuéntame, ¿fueron alguna vez realmente así?

Me caes bien, Alcott. Supongo que por el continuo afán de perfeccionamiento y autoeducación que desarrollan tus personajes. Creo que esa es una muy buena filosofía de vida, ¿sabes? Mal que mal, si no puedes cambiar el mundo, puedes cambiar tú. Y como dice el cuento:
“Un niño quería cambiar el mundo.
Pero no le resultó.
Quiso cambiar a su país.
Tampoco le resultó.
Quiso entonces cambiar su ciudad.
¡Menos!
Decidió al menos cambiar a su familia!
Pero tampoco ocurrió.
Cansado, decidió cambiar él mismo
Y entonces
Cambió a su familia, su ciudad, su país y el mundo.”


¡Lástima que ese perfeccionamiento en las tramas que tejiste sólo afectara directamente a mujeres! ¡Qué paso con los hombres! ¿En qué oscuro cajón de tu escritorio guardaste a aquellos verdaderos “Hombrecitos”, aquellos que sentían y pensaban como muchachos? Podrás responder que en “Ocho Primos” desarrollaste el lado masculino. Pero a quién engañas, si Rose era la verdadera protagonista.

Ok, ok. Es verdad que la mujer es el centro de una familia (de la familia de antaño puesto que el hombre trabajaba y dejaba a los hijos al cuidado de su mujer. De gran porcentaje de las familias actuales: padre ausente e hijo huacho). Pero.. ¡pucha, mujer! ¿Te diste cuenta que los relegaste hasta el papel de casi objetos decorativos? Eran necesarios para el desarrollo de los argumentos… - pensaste tú, probablemente.

Recuerdo una anécdota con uno de tus libros. Justamente la continuación de “Mujercitas”. Había dado vuelta la casa buscando “Aquellas Mujercitas”, sin resultado. No se me ocurrió que la gran obra tuviera segunda parte, básicamente se leía cíclica, acabada. Así que apenas me enteré de la verdad, busqué frenética, incansablemente.

Finalmente, ¡la encontré! –pensé triunfante, llevándome el tesoro en la mano y acomodándome para una lectura fulminante. “Aquellas Mujercitas”, (editorial) Difusión -prometía la portada.

Capítulo I. La madriguera del conejo

“Alicia empezaba a sentirse algo más que aburrida de estar sentada junto a su hermana, en el banco a orillas del río, sin nada en que ocuparse. Un par de veces había estirado el cuello para echar una mirada a las páginas del libro que su hermana leía (…)”

¡Sí! Nada más y nada menos que “Alicia en el país de las Maravillas”, novela de Lewis Carroll. Me sentí timada y contrariada al máximo. Leí por enésima vez aquella historia resignándome a lo que me había deparado el destino pero demasiado desanimada como para buscar el original en las portadas equivocadas. Bueno, qué más se podía esperar. Si la persecución del conejo daba a puertas y botellas misteriosas, ¿qué impedía a semejante carrera ir a parar a una novela rosa?

Sin duda ambas historias son diametralmente opuestas, mientras una apela al sentir –y por qué no decirlo; sufrimiento- humano, la otra mezcla espejos y chanchos en una aventura fantástica y poco realista. Y a propósito, esto debo preguntarlo: ¿por qué todos los protagonistas han debido llevar vidas sufridas? En los primeros párrafos de cada historia destaca la pobreza (generalmente material) y penurias de cada chiquilla. Recuerdo cierto cuento, “El Duende y la Princesa”, me parece que se llamaba… la protagonista, una niña pobre y feliz (¡qué recurrente estereotipo, amiga!) deambulaba por el bosque con sus raídos trajes cuando no estaba ocupada en los quehaceres del hogar.

El hogar… Estoy segura que este fue el punto neurálgico en que todo comenzó. Ya casi te imagino cual Dorothy taconeando con los zapatos rojos y murmurando “no hay nada como el hogar”. Pero calma, no me burlo. Sin duda estas historias y pensamientos son un clásico. (Aunque debes admitir que con esos trajes oscuros de tu época y los zapatos rojos conseguirías un efecto único).

Por ahí me enteré que cuando terminaste la historia de la familia March en “Hombrecitos”, estuviste aliviada. ¿Por qué si fue la obra de tu vida no querías ni te gustó escribirla? ¿Acaso te sentías Alcott en los zapatos de Dorothy? ¿Perdimos las pistas y tenemos la portada de una historia equivocada?

Quizás nunca lo sabremos. Me miras penetrantemente sin hablar, como todas las fotos. Tal vez todo lo que escribí no tenga sentido. Quizás tus historias tampoco lo tuvieron o más probablemente fueron transformadas por un lector ansioso, o acaso están tan cual las quisiste. Sin embargo queda la pregunta.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Alcott la lleva! aunq me gusta mas rowling..

Rodrigo dijo...

pese al cansancio y sueño propio de estas horas de la madrugada, me lei y disfrute cada una de tus palabras, pese a que nunca lei a Alcott y no comprendo parte de lo que dices, pero si logro apreciar tu originalidad y talento a la hora de escribir, y eso me hace disfrutar y querer seguir leyendo cuando se trata de este tipo de escritos, definitivamente deberias dedicarte a escribir novelas
es fascinante que hayas podido tener un encuentro ficticio con una de tus idolas
besitos

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