Supe, cuando lo vi, que ese hombre sería mi asesino.
Con un escalofrío observé su espalda arqueada, sus botas macizas y su pelo mugriento. Sus manos toscas pronosticaban una muerte brutal. Su mirada torva recordaba los efectos de la embriaguez y su chaqueta hedía a podredumbre.
Y su lengua, ávida de sangre, luchaba por apresar una gota de placer que escapaba por sus labios partidos.
Se acercó.
Las hojas gimieron bajo sus pasos y el viento aulló al colarse entre los árboles, entonando un himno mortuorio por mí.
Me paralicé. Como una estatua de hielo que espera la condena del sol. Hasta desaparecer.
El hombre me vio. Hizo un ruido extraño y me mostró unos dientes amarillos y parchados.
Sentí cada vértebra de mi ser cuando él rompió el hechizo de miedo a palos. El dolor era tan insoportable que hasta le grité desesperada que se detuviera, pero sabía que no podría entenderme.
Sentí sangre, sangre por todas partes y un calor profundo…
Con un escalofrío observé su espalda arqueada, sus botas macizas y su pelo mugriento. Sus manos toscas pronosticaban una muerte brutal. Su mirada torva recordaba los efectos de la embriaguez y su chaqueta hedía a podredumbre.
Y su lengua, ávida de sangre, luchaba por apresar una gota de placer que escapaba por sus labios partidos.
Se acercó.
Las hojas gimieron bajo sus pasos y el viento aulló al colarse entre los árboles, entonando un himno mortuorio por mí.
Me paralicé. Como una estatua de hielo que espera la condena del sol. Hasta desaparecer.
El hombre me vio. Hizo un ruido extraño y me mostró unos dientes amarillos y parchados.
Sentí cada vértebra de mi ser cuando él rompió el hechizo de miedo a palos. El dolor era tan insoportable que hasta le grité desesperada que se detuviera, pero sabía que no podría entenderme.
Sentí sangre, sangre por todas partes y un calor profundo…