No era Dios ni era el Diablo.
Era una voz insaciable que lo había atormentado toda su vida y que le aseguraba ser algo que jamás comprendería.
Él fingía no escuchar. Pero en lo más profundo de la noche comenzaron a despertarlo sus carcajadas y sus caricias impúdicas.
Al principio había sentido terror. Se creyó loco y hasta visitó a un médico, pero ante lo inasible de su condición no pudo más que rendirse y tratar de volverse impenetrable.
No lo logró.
Ese ser que lo había vigilado desde la infancia se volvía cada vez más perturbador y comenzó a asaltarlo en su cama. A veces, su aliento comenzaba a recorrerlo desde el lóbulo de la oreja hasta dejar erizado el último vello de su cuerpo y luego… desaparecía.