viernes, 29 de abril de 2011

Zapatos de Tacón (Cuento)

      



        Se retorcía de dolor con las dos manos ensangrentadas, agarrando su miembro inútil. A tres metros de él, me senté a fumar un cigarrillo.

Nos conocimos hace varios años. Él fue todo lo que creí necesitar: una pareja estable con quien ver películas, comprar una casa y adoptar un perro.

Fuimos felices.

Después de un tiempo me busqué un amante. Y luego otro y otro más. Su respiración ya no erizaba mi piel. Los besos apasionados se asomaban unos segundos a mis labios y quedaban colgando como retratos anónimos en una casa por demoler.

Intenté explicarle el problema, pero para él nuestra rutina era síntoma de madurez.

Había dejado de gritar. Ahora me observaba fijamente con lágrimas y el rostro enrojecido. En vez de rabiosa, tenía esa actitud estúpida de los animales cuando van al matadero.

Ese día llamé al trabajo para avisar que estaba enferma. Las manos y la frente me sudaban. Me tomé una aspirina, me arreglé y preparé la cena. Cuando volvió, toda la casa estaba ordenada y nuestro set de cuchillos relucía limpiecito sobre la mesa.

Después del postre me acerqué seductoramente a él. Me quité el vestido, pero intencionalmente me dejé los tacos. Mientras me acariciaba la espalda, le saqué rápidamente el pantalón y rodamos por la alfombra. Su cuello venoso y sus manos inquietas me parecieron igual de obsoletas que su miembro erecto. Pero lo que más me molestó fue su mirada plácida y entregada.

El cigarrillo estaba acabándose y aplasté la colilla contra el piso.

Su rostro se había puesto pálido. Me acerqué y el sonido de mis taco aguja resonó en la habitación. Él temblaba. Evidentemente sentía mucho dolor.

Me agaché junto a él y le acaricié el cabello con dulzura. “Te quise muchísimo”, lo consolé.

Fui hasta la mesa y de regreso le clavé los cinco cuchillos en el pecho. Suspiré aliviada. El silencio y su sangre sobre la alfombra blanca me hicieron sentir libre otra vez.

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