Con la primera lluvia de abril, ella le llevó sopaipillas. Iban calentitas, envueltas en papel café. En la otra mano llevaba un tazón, un termo con mate bien dulce y un paraguas.
Se sentó junto a él y comió la primera sopaipilla. No dijo nada hasta la tercera. Después habló ininterrumpidamente, apenas dejando tiempo para respirar y sorber el mate. Le contó que vivía sola hacía tres años, que tenía una jefa engreída y que quería bajar de peso.
- De todas formas, mis amigas me dicen que me vería linda con el pelo colorín, ¿Tú qué piensas? Me acuerdo que una vez me eché un producto que…
Él la miraba de reojo, sin entender mucho su presencia y esa intempestiva confesión de ideas. Había salido a tomar aire, abrumado por las deudas, pero esa mujer charlatana no lo dejaba pensar. Con disimulo tomó un par de sopaipillas. Eran su derecho por escuchar tanto sin sentido. Cuando se acabaron se levantó y caminó rápido a casa. Apenas alcanzó a cerrar la puerta antes de que ella entrara. Ese día se quedó dormido escuchando el murmullo sordo de la mujer que hablaba afuera.
Meses más tarde la vio en el supermercado. Durante su ausencia su aroma y sonrisa habían vuelto como un fantasma, pero temiendo no poder contener su monólogo, se escondió detrás de unos tomates a observarla. Un largo mechón de pelo castaño le caía sobre la mejilla pecosa y vestía una ajustada polera a tiritas. ¡Se veía tan hermosa!
- ¡Hola! ¿Te acuerdas de mí? Somos vecinos, nos conocimos un día de lluvia, yo llevaba un paraguas y tú…
Ésta vez él escuchó gran parte de lo que ella tenía que decir y así se enteró de que ese día de abril, su novio la había abandonado. Ahora entendía su historia y le parecía casi comprensible ese ataque léxico frente a un extraño. Cuando ella terminó de rememorar el episodio ya estaban en su casa, habían almorzado y tomado once. Oscurecía cuando ella finalmente quedó en silencio. Nerviosa, se mordió el labio inferior, se encogió de hombros y le sonrió. Conmovido por la magia que provocaba en ella la ausencia de palabras, la besó.
Al día siguiente, ella lo esperó con rosas y sin demasiados preámbulos se volvieron amantes y luego convivientes. Ella sentía una necesidad imperiosa de comentar sobre lo que veían en la televisión, lo que opinaba de los vecinos, lo que faltaba en la despensa, las tareas pendientes en el hogar y hasta lo que esperaba que él le regalara para el cumpleaños. Él la deseaba cuando se callaba. Pero también terminó acostumbrándose a que verbalizara cada acción y pensamiento. A veces incluso se sentía halagado.